Ya han pasado doce años desde que nos dejó Fangio. Son más de cuatro mil días de vacío, en un tiempo en que lo "mediático" prima sobre lo deportivo, donde los pilotos de Fórmula Uno son "fabricados" a punta de simulador y Play Station, la ausencia de un verdadero MAESTRO pesa demasiado como para ignorarla. Falta su palabra mesurada, llena de sabiduría, sus conceptos que eran verdades absolutas, en fin, se nota la ausencia de un auténtico Rey.
Podría volver a enumerar sus muchas victorias, sus cinco títulos mundiales, tantas y tantas cosas, pero ya muchos transitaron ese camino antes. Yo prefiero recordar su calidad humana, su sencillez al narrar por un número infinito de veces sus hazañas, esas epopeyas que aparecían fáciles en sus manos. Recordar que el recién pisó un autódromo a los 37 años, y dominó las pistas como ninguno. Ya tenía encima miles de kilómetros de pampa, sierra, montaña, recorrió Argentina de punta a punta en carrera. En alas de sus Chevrolet siempre victoriosos. Y al llegar a Europa siguió dominando como si hubiera nacido allí.
En realidad podría decir tantas cosas de Fangio, que mejor digo una sola más. Siempre pensó en que no podría devolver todo lo que la gente le dio. Por eso juntó sus autos y sus trofeos y los donó a su Fundación, para que su ejemplo permaneciera. Hasta en eso fue el más grande.
lunes, 16 de julio de 2007
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